El Dios sorprendido y el Dios víctima: consideraciones teológicas sobre el mal

La pandemia que sufrimos a nivel planetario, a causa del coronavirus, ha vuelto a poner de actualidad una vieja cuestión: ¿cómo compaginar la existencia de Dios y la presencia del mal? Ha sido muy significativo el hecho de que la novela de A. Camus, La peste, que trata de lleno esta cuestión, apareciera agotada en los primeros días del confinamiento. Esto ponía de manifiesto la demanda de una exigencia de sentido en una parte considerable de nuestros conciudadanos.

La cuestión que nos ocupa está muy relacionada con las imágenes de Dios que nosotros mismos fabricamos. Hay dos imágenes fundamentales que han funcionando a este propósito: el “Dios culpable” y el “Dios todopoderoso”. Ambas pueden verse relacionadas en la siguiente argumentación: si Dios es todopoderoso, y no hace nada para evitar el sufrimiento que provoca la aparición del mal, Dios es culpable. Esta culpabilidad de Dios está muy cerca de su negación. De hecho, el literato Stendhal, ante la cuestión del mal, decía: “La única excusa para Dios es que no existe”. En efecto, no habría excusa alguna para un Dios que, pudiendo, no quisiera detener el mal.

Ahora bien, la tradición cristiana ofrece imágenes alternativas de Dios, que brotan de una lectura atenta de los textos fundamentales, y que permiten afrontar la cuestión del mal dentro de un horizonte más amplio. En las páginas bíblicas encontramos la imagen del “Dios sorprendido” y la del “Dios víctima”. En el libro del Génesis (1-3) aparece el Dios que se sorprende ante la aparición del mal, representado simbólicamente en la serpiente. El mal aparece como un imprevisto, que contrasta con la bondad de todo aquello que ha brotado de las manos creadoras de Dios. De la misma manera, y ahora en los evangelios, podemos encontrar la imagen del Dios víctima, que padece sobre sí las consecuencias del mal. Esta imagen es propiamente cristiana y pone de manifiesto una de las diferencias fundamentales entre nuestra fe y el resto de tradiciones religiosas. El Dios cristiano no permanece distante de nuestro mundo, a la manera de Zeus, recluido en el Olimpo de los dioses, sino que ha querido, por su encarnación y su cruz, transitar por los mismos caminos del sufrimiento y de la muerte que a todos nosotros nos afectan. 

Serafín Béjar Bacas
      Teólogo - Facultad Teología de Granada

 

 

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