San Juan de Mata, mensaje del Ministro General

Queridos hermanos y hermanas,

Os envío mi saludo sincero y fraterno a todos los miembros de la familia Trinitaria. Han pasado unos meses desde la celebración del Capítulo General en el que vivimos un momento de gracia y una experiencia de comunión y corresponsabilidad. Hemos podido tocar de primera mano la riqueza y la profundidad vitalidad de nuestro Carisma, que sigue inspirando el generoso compromiso de los miembros de la Familia Trinitaria en tantos contextos sociales y culturales diferentes. Hemos sentido una fuerte necesidad de conversión y renovación, de la que le Capítulo General se ha hecho intérprete. A menudo vuelven a mi mente las precisas palabras con las que el Card. Joao Braz de Aviz  se dirigió a los padres capitulares: nos invitaba a ser valientes y generosos en este camino de conversión personal y comunitaria. Nos dijo: No hay cristianismo sin vida comunitaria: el solitario está en peligro de confundir su propia voz con la voz de Dios”. La vida fraterna con todas las dificultades y esfuerzos que nos piden asumir es la única garantía de fidelidad al Evangelio y al carisma de Juan de Mata. Este es el lugar donde Dios nos habla, nos encuentra, nos invita a salir de sí mismos, de nuestros egoísmo y de nuestros temores, porque sólo los que salen de sí mismos se pueden encontrar a sí mismos.

El Capítulo General nos ha dado una gran tarea: escuchar, acoger, alcanzar y acompañar a los jóvenes. Me gustaría centrarme brevemente en cada uno de estos verbos.

Escuchar: escuchar requiere tiempo, paciencia, disponibilidad. Debemos aprender a escuchar no sólo a los jóvenes y sus necesidades, sus expectativas, sus esperanzas, sino también lo que Dios quiere decirnos a través de ellos. Nosotros, los trinitarios, debemos asumir los dinamismos de la juventud para ser fieles a nuestra vocación: son los dinamismos del riesgo, del coraje, de la apertura, de la confianza y de la esperanza. De los jóvenes recibimos el llamamiento de no ser guardianes, sino testigos, no nostálgicos, sino soñadores, no tristes y desanimados, sino atrevidos y apasionados.

Acoger: los jóvenes piden no ser juzgados, sino ser amados por lo que son. Tenemos que darles un adelanto de confianza. Para ello debemos aprender a distinguir entre la idea que tenemos de los jóvenes y su propia realidad para poder empatizar con los numerosos (casi siempre nocivos) análisis que se realizan sobre el mundo de los jóvenes. Los jóvenes no son una estadística. Hacer una lista de los desastres y defectos del mundo juvenil no ayuda a nadie. Estamos llamados a ser guías y puntos de referencias de los jóvenes, que exigen con fuerza adultos creíbles, testigos auténticos y valientes. El Papa Francisco también sugirió que compartiéramos nuestros espacios y nuestros tiempos con los jóvenes. Nos desafió con estas palabras: “Abrid vuestras casas y comunidades a los jóvenes para que puedan compartir vuestra oración y vuestra fraternidad, pero sobre todo, abridles vuestros corazones”. Un hermoso reto que debemos convertir en experiencia concretas. 

Alcanzar: No podemos estar satisfechos con los jóvenes que se acercan a nosotros, que asisten a nuestras parroquias, escuelas o colaboran en nuestras actividades. Debemos prestar una  atención privilegiada a los jóvenes pobres y abandonados: la cultura del descarte hace muchas víctimas en el mundo de la juventud. Estamos llamados a estar cerca y a apoyar a los jóvenes en las dificultades y la marginación. Nuestro carisma nos pide estar al día con los jóvenes para ayudarles a encontrar, o reencontrar, espacios de auténtica libertad en sus vidas. Me gusta pensar que los dos esclavos representados en el mosaico son dos jóvenes. Cuántos jóvenes han perdido la libertad y tienen la necesidad de ser ayudados para recuperar sus vidas y construir su futuro.

Acompañar: estamos llamados a hacernos compañeros de viaje, despertando en los jóvenes el deseo de una vida plena. Debemos ayudarlos a tomar conciencia de la presencia de Dios en sus vidas. El Señor no los abandona, camina con ellos aun cuando sus ojos son incapaces de reconocerlo. Estamos llamados a “despertar” en los jóvenes la presencia de Dios. Pero para hacer esto primero debemos, como nos dijo el Papa Francisco, permanecer despiertos.

La pastoral juvenil no puede ser una estrategia de supervivencia, sino un servicio que ofrecemos a los jóvenes para ayudarles a vivir la fe como don recibido que nos transforma, a su vez, en un don para los demás. Estoy convencido de que nuestro carisma tiene mucho que ofrecer a los jóvenes, habla su propio idioma, comparte su pasión por la libertad y la dignidad de cada persona, fomenta el deseo de un mundo más justo y fraterno. Espero que las propuestas e indicaciones expresadas por el Capítulo General no se queden sólo sobre el papel, sino que den lugar a iniciativas concretas en las que todos nos sintamos involucrados.

Estamos celebrando la solemnidad de nuestro fundador San Juan de Mata y a punto de celebrar el misterio de la Encarnación de Jesús en las celebraciones de la Santa Navidad. Pongámonos, también nosotros, como los Reyes Magos, en camino, guiados por la estrella para encontrarnos con la Palabra que se ha hecho carne. Nuestra estrella es la Regla de la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, actualizada por las Constituciones, el Directorio General y para los laicos del Proyecto de Vida del Laicado Trinitario. Es apropiado en este tiempo de Adviento, meditar con estos textos fundamentales que interpretan el Carisma es un programa de vida concreto.

Todos los personajes que componen la escena navideña son presentados por los evangelistas en movimiento, como José y María que fueron a Belén para el censo, los pastores que, escuchando el anuncio de los ángeles, deciden subir a la cueva para “ver lo que el Señor les había dado a conocer”, (cf. Lc 2, 15), como los Reyes Magos que partieron desde la distancia dirigidos por una estrella. Para encontrarse con Jesús, uno debe iniciar un camino. Los trinitarios estamos llamados a caminar juntos. La comunión fraterna sigue siendo la obra más grande que el Señor nos pide que hagamos. “Corresponsabilidad” es un estilo que debemos madurar cada vez más. Sentirnos plenamente responsables de la vida y del crecimiento de nuestras comunidades significa estar siempre dispuestos y a la vez ser generosos para que crezca nuestra contribución a la comunión. Antes de “hacer por” viene “estar con”. Caminar juntos significa no sólo mirar hacia adelante, sino también mirar a nuestro alrededor para que nadie se quede atrás. Significa hacerse cargo de las fragilidades y el cansancio de nuestro hermano, ayudándole cuando hay una fuerte tentación de abandonar el camino, a redescubrirlo con entusiasmo para vivir plenamente su vocación.

¿Hacia qué dirección dirigir nuestro viaje? Con estas palabras profundas y eficaces, el Papa Francisco responde a la pregunta: “Caminar sí, pera ¿hacia dónde? En base a cuanto se ha dicho, propongo un doble movimiento: de entrada y de salida. De entrada, para dirigirnos constantemente hacia el centro, para reconocernos sarmientos injertados en la única vid que es Jesús (cf. Jn 15,1-8). No daremos fruto si no nos ayudamos mutuamente a permanecer unidos a él. De salida, hacia las múltiples periferias existenciales de hoy, para levar juntos la gracia sanadora del Evangelio a la humanidad que sufre”. Siempre debemos tener presente este doble movimiento para ser verdaderos  discípulos-misioneros del Evangelio. No podemos ser misioneros si no seguimos siendo discípulos, no podemos ser verdaderos discípulos si nos cerramos en nosotros mismos y sólo hacemos crecer nuestros propios intereses. Estas dos dimensiones están bien representadas en el mosaico cosmatesco de Santo Tomás en Formis. Cristo sigue siendo siempre el centro de nuestra vida. A través de Él somos liberados de la tentación de la autorreferencia y del individualismo. En nuestra vida personal y comunitaria debemos buscar siempre ese equilibrio adecuado para ser contemplativos y activos al mismo tiempo.

La oración conducirá a una acción apostólica con la eficacia y los frutos que nuestras únicas fuerzas nunca podrán alcanzar. El compromiso concreto permitirá que nuestra oración esté abierta a las necesidades del mundo. Nuestro mosaico también nos enseña que Cristo no puede separarse de los pobres y los perseguidos. El Papa Francisco nos recuerda a menudo que los pobres son la carne de Cristo, el rostro de Jesús. San Lorenzo definió a los pobres como el verdadero tesoro de la Iglesia. Nuestro Reformador también consideraba a los pobres como la herencia que Dios dejó a la Orden de la Trinidad. De hecho, escribía: “¡Qué inmensa riqueza tener como propios los esclavos y los pobres! ¡Qué mejor ornamento y belleza que los sufrimientos y las fatigas de los pobres porque a Cristo, siendo Dios, le gustaba revestirse (con ellos) a su persona!”.

Volviendo al mosaico, siempre me llamó la atención un detalle: la mirada de Cristo. Volviendo su mirada hacia el esclavo, también nos pide que dirijamos nuestra mirada y cuidado hacia los muchos perseguidos de hoy, invisibles a los ojos del mundo. Nos pide que hagamos nuestra mirada su mirada a los pobres. San Juan de Mata entendió bien que la peor forma de pobreza es la pobreza de la mirada, es decir, la indiferencia. Bajo el ejemplo de Cristo, a quien contemplamos pobre en la cueva de Belén, caminemos juntos con los pobres y los cautivos, nunca los perdamos de vista porque, como dijo San Juan Bautista de la Concepción: “Quien pierde a los pobres, camina perdido”.

En este tiempo de gracia, nuestros pensamientos y oraciones son especialmente para nuestros hermanos y hermanas cristianos que sufren en tantas partes del mundo a causa de su fe. Los diversos informes sobre los cristianos perseguidos nos dicen que  este fenómeno crece cada de año en año y la lista de los países donde los cristianos son discriminados por su fe es cada vez más larga. Nuestra oración, unida con sus sufrimientos, se convierta en una única invocación de paz y fraternidad para todo el mundo. 

La Navidad es causa de esperanza para que todos sean iluminados por la luz de Cristo que vino al mundo para salvar al hombre y a todos los hombres. Llegue a todos vosotros mis más fervientes deseos de felicidad y mi bendición.

 

Roma, 1 de diciembre de 2019

Primer Domingo de Adviento

 

Fr. Luigi Bucarello O.SS.T

Ministro General

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